
Cada año el Ministerio de
Cultura concede el Premio Nacional de Fotografía dotado con 30.000 euros, ha sorprendido a muchos porque Rafael Sanz Lobato no es lo denominado un
nombre con fama, ni un habitual del mundo fotográfico profesional o
artístico actual.
Al ver algo de su obra, tanto su iconografía como su método de trabajo
esforzado a base de coger el Seat 600 los fines de semana y patear los
pueblos, me recuerda mucho a los tiempos más heroicos de Cristina García
Rodero, pero Sanz Lobato,
llegó antes y de hecho la influyó a ella, aunque su nombre no cosechara
la fama.
A mi personalmente me fascina la forma que tuvo de retratar mi tierra "Zamora". Donde descubrió para toda españa las procesiónes de jueves y viernes Santo de Bercianos de Aliste, según el su mejor reportaje documental.
Según el acta del Jurado, que le ha
concedido el premio por unanimidad, “su obra constituye un puente entre
la nueva vanguardia neorrealista de la posguerra y los métodos de
observación fotográfica posteriores al 68. Su tema es la transformación
del mundo rural tradicional y las culturas populares, que enlaza con el
problema del neorrealismo, pero en una época en que su trabajo se
despliega como la memoria de un mundo que desaparece. Su trabajo adopta
un método de observación antropológica que tendrá múltiples
consecuencias. Asimismo su enfoque documental actualiza el lenguaje
fotográfico e influye en el fotoperiodismo contemporáneo.
Representa a una generación puente entre
los 50 y los 70 cuya visibilidad ha sido relativamente menor en la
cultura fotográfica española, precisamente por coincidir con un cambio
de época histórica y política. Sanz Lobato se ha mantenido fiel a un
método de trabajo a lo largo de su trayectoria de más de treinta años y
el conjunto de su trabajo mantiene una gran coherencia y solidez. Su
trabajo no ha tenido aún el reconocimiento que merece”.
Rafael Sanz Lobato (Sevilla, 1932)
ingresó en 1964 en la Real Sociedad Fotográfica de Madrid. Un año más
tarde creó junto a diversos fotógrafos el grupo “La Colmena”. Tras la
desaparición del grupo se involucró en la formación del “Grupo 5”. Desde
sus comienzos, Sanz Lobato desarrolló una fotografía centrada en
escenas costumbristas del campo, las ciudades de las provincias, las
tradiciones festivas y el retrato. En 2003 recibió la Medalla de Oro al
Mérito de las Bellas Artes por el conjunto de su obra documental
antropológica.

El proyecto de Sanz Lobato quedó silenciado por las luchas de poder que
desde el franquismo se impusieron en la Real Sociedad Fotográfica, en la
que ingresó en 1961, con 29 años. "Ya no era tan joven. Tenía una
cámara y una ampliadora, pero no me había atrevido a enfrentarme al
documentalismo". El fotógrafo lamenta cómo toda una generación quedó
marginada: "Nos consideraban unos desarrapados sin obras. Fuimos
víctimas de una gran cacicada, durante y después del franquismo".
Pero la importancia memorialista del proyecto de Sanz Lobato no ha
dejado de crecer. Su cámara recogió la transformación de las culturas
rurales y populares. Un mundo hoy desaparecido que solo podrán estudiar y
conocer las próximas generaciones gracias al empeño de hombres como él.
"No me gustaba Madrid, así que me compré a plazos el seisncientos y
empecé a pisar la piel de toro. Iba a todas partes: Galicia, Zamora,
Extremadura... La gente de campo era maravillosa. Al principio salíamos
en grupo. Pero cuando nos dimos cuenta de que todos sacábamos el mismo
niño con mocos empecé a viajar solo". Durante esos años, Sanz Lobato
trabajó en una empresa de maquinaria pesada o al frente del plan
expansión de otra compañía. "He hecho de todo. Pero cuando llegaba el
sábado me iba, al campo, con la cámara, y así hasta volver el domingo,
de madrugada, justo para entrar otra vez la oficina".

Por eso, desde el grupo La colmena, Sanz Lobato fue pionero de un
documentalismo fotográfico que encontraría en Cristina García Rodero su
mejor heredera. Pero Lobato tiene un tratamiento de la imagen en blanco y negro más contrastado y atrevido que el de sus seguidores. Declarado amante del hecho que fotografiaba, viajó por la España del
abrigo gris y el pan aguado, por sus fiestas y costumbres, sin caer en
la cara folclórica de la postal bonita.
"He sido un fotógrafo marginado por motivos políticos. No he militado
nunca ni con los comunistas ni con los socialistas, pero mi familia ha
sido republicana. Mi visión de la sociedad
ha tenido que ver con mi punto de vista humanista, pero los fotógrafos
hablamos con nuestras fotos", cierra el galardonado para evitar hablar
de sus resultados con la cámara.
No habla bien de los políticos,
ni de los que gestionan la cultura. Dice que la ciudad no le atraía en
absoluto, que viajaba al campo porque le interesaba más. Pero antes tuvo
que superar su timidez. "Parece ser que he sido pionero en esto de la
fotografía de tintes antropológicos. Pero al principio no me atrevía a
hacer fotos en la calle. Eso cambió cuando me acerqué a la Real Sociedad
Fotográfica".
Siempre militante, siempre muy crítico con la
dictadura, es el mejor exponente de una generación perdida. Las nuevas
corrientes vanguardistas de un país que entraba en democracia con ganas de olvidar y con hambre de color acabaron con el discurso neorrealista que Sanz Lobato defendía.
Premio a una generación
"Es
una generación puente entre los cincuenta y los setenta, a la que no se
ha hecho caso, ni estudiado, ni tienen exposiciones, ni visibilidad.
Este es el primer premio que se da a esta generación, que quedó entre
los Maspons, Cualladó y Miserachs, y el neopop", explicaba el
historiador Jorge Ribalta, que ha formado parte del jurado.
Para el fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto, Lobato es un reportero de "muy buen corte",
que también lució su cuidado técnico en bodegones y retratos al final
de su carrera. "Es un fotógrafo terriblemente técnico, muy meticuloso.
Pero además es un fotógrafo de contenido muy humano. Injustamente olvidado,
por eso este premio está tan bien dado. Su registro es más reportero y
efectista", explica Castro Prieto, que alude al abandono que sufren los
autores que formaron parte de la conocida Escuela de Madrid.
Rafael
Sanz Lobato se colocó en el lado del testigo de un mundo que desaparece
y en ello se erigió como uno de los últimos fotógrafos con ojos de
antropólogo, que se entregó al tono documental del que hoy todavía se
respiran aromas en el fotoperiodismo con más alma. Lobato lee todo lo
que su vista le permite y, de hecho, los que le conocen aseguran que está más en los libros que en la cámara.
Los miembros del jurado consideraron
que el trabajo de este fotógrafo, que ha recorrido toda
la España rural aunque que solo se ha dedicado profesionalmente a la
fotografía, en el campo de la publicidad, durante una parte de su
carrera, "no ha tenido aún el reconocimiento que merece". Según Sanz
Lobato, siempre ha sido "un autodidacta" que ha recorrido un camino
"largo y tortuoso" que le llevó, por ejemplo, a abandonar su fotografía
de tema rural en blanco y negro por temas como la fotografía de coches
en color en su paso al profesionalismo.
Sanz Lobato lamenta no haber tenido apoyo de las instituciones en Madrid. En declaraciones a la agencia Efe,
Sanz Lobato se mostró ayer preocupado por la irrupción de lo digital en
el mundo de la fotografía "como un elefante en la cacharrería" y por
los ataques que recibe en este nuevo entorno "la fotografía creativa". Tambien ha criticado en declaraciones a Europa Press
el "ataque frontal" que ha sufrido la fotografía creativa. "Amo tanto la
fotografía que cuando veo algún golfo que se aprovecha de ella, siempre
lo he denunciado".
Además, los miembros del tribunal han valorado la escasa visibilidad que ha tenido su obra en la cultura fotográfica española, precisamente por coincidir "con un cambio de época histórica y política".
Ahora os dejo con un magnifico video realizado por el
Festival Emergent de Lleida con las imágenes mas impactantes y representativas de la obra de Sanz Lobato, al que premiaron en su edición de 2009.